
Entré en aquella heladería en busca de un lugar donde llorar mis penas líquidas y me encontré con un un cartel que decía: USO EXCLUSIVO PARA CLIENTES.
Entonces le vi, escondido detrás de aquella mirada del color mismo de su piel, observando el mundo sonriente desde una altura que apenas superaba el metro y medio, con la inocencia de quien todavía es capaz de contar sus primaveras con los dedos de las manos.
Se acercó, con un puñado de pegatinas en la mano, buscando mi complicidad sin necesidad de palabras.
-¿Quieres un helado?- le pregunté- y mis palabras parecieron hacerle cosquillas porque inmediatamente iluminó el mundo con aquella sonrisa blanca, robándome la vida con la alegría de aquella mirada.
-¿De que sabor?
El niño miró al joven heladero,todavía confuso, como si aquel helado fuera la razón de su existencia y dijo con una voz casi muda:
-De...de...de...DULCE DE LECHE GRANIZADO-
Aproveché ese momento en que el niño miraba como el joven preparaba su helado para pasar al baño, que era para lo que en realidad había entrado.
Al salir me encontré con una escena tan dulce que apenas pude distinguir entre el niño y el helado.
-¿Está rico?- le pregunté- y nuevamente sobraron las palabras porque aquellos ojos hablaron sin necesidad de utilizarlas.
Abrí la puerta y me marché tal y como había entrado, sin helado, bajo la mirada extrañada de los allí presentes pero con una sonrisa y un sentimiento de felicidad, imposible de explicar.
Ahora, cada vez que veo una heladería recuerdo a aquel niño y pienso.....ojalá todos fuésemos un poco más niños, seguramente seríamos mucho mas felices y estaríamos más vivos.
*FOTOGRAFÍA: extraída de la red, pero por la edad, esos ojos y esa mirada bien podría ser el niño de la heladería






